Versión breve del Cuento XX de El Conde Lucanor
Un hombre pobre, pero muy astuto, deseaba enriquecerse. Supo que un rey ingenuo estaba obsesionado con la alquimia, la supuesta ciencia de convertir materiales en oro. Entonces, el hombre creó unas bolitas con fragmentos de oro y otros ingredientes, y las vendió diciendo que servían para hacer oro. Las llamó “tabardíe”.
El rumor llegó al rey, quien lo mandó llamar. El hombre fingió humildad, pero aceptó hacer una demostración. Frente al rey, fundió los ingredientes y obtuvo una pequeña cantidad de oro. El rey quedó fascinado y quiso aprender a hacerlo él mismo.
El hombre le advirtió que si faltaba algún ingrediente, especialmente el tabardíe, no funcionaría. Luego se marchó.
El rey intentó repetir el proceso y funcionó… hasta que quiso producir más oro y no encontró tabardíe. Llamó al hombre, quien dijo que podía conseguirlo en su país, pero que necesitaba mucho dinero para el viaje.
El rey le entregó una gran suma. El hombre desapareció para siempre. Solo dejó una nota:
“El tabardíe no existe. Te he engañado. Si yo pudiera hacer oro, ya sería rico. Debiste pedirme pruebas antes de confiar.”
Tiempo después, unos jóvenes hicieron listas de personas ingenuas y colocaron al rey en primer lugar. Él se molestó, pero ellos le explicaron:
“Entregaste tu dinero a un desconocido sin pruebas. Eso fue imprudente.”
Enseñanza final:
No se debe arriesgar el patrimonio por promesas sin fundamento. Antes de confiar en alguien, es necesario exigir pruebas claras de lo que afirma.
Verso final:
Jamás arriesgues tu riqueza
por consejo de quien vive en pobreza.